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Archive for the ‘Viajes’ Category

Entre mis pocos propósitos para este año figuraba la visita a la maravillosa Selva de Irati en su época otoñal así que cuadrando agenda y obligaciones nos dirigimos hacia el Norte de Navarra para ver si esta maravilla de la naturaleza gozaba de su tradicional esplendor por estas fechas.

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A pesar de que en Cantabria el Otoño aún está comenzando a asomar muy tímidamente, he de reconocer que, en estos días  (21-23 Octubre), las tonalidades en esta parte de la geografía española  me sorprendieron muy gratamente pues no esperaba encontrarme con tantas paletas de colores como las que pudimos ver durante el fin de semana. Toda la hoja permanecía en los árboles así que solo faltaba tener suerte con la luz y las localizaciones para intentar plasmar en las tarjetas de memoria las mismas sensaciones que teníamos frente a los ojos.

Lamentablemente las buenas luces no aparecieron teniendo que exprimir los pocos lugares visitados de la mejor manera posible, eso si, siempre felices por descubrir y disfrutar con paisajes nuevos.

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La mezcla de verdes abetos con hayas tostadas deja una estampa bien característica en la Selva de Irati y muchas veces basta con bajarse del coche durante los recorridos para abrir, asombrados, pupilas y diafragmas al son del “clic, clac”…

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Quizás echamos de menos el poder visitar espacios más abiertos, puntos de vista del bosque con planos más generales pero hay que reconocer que solo adentrándose en la masa boscosa se puede sentir el pulmón otoñal de todas estas hectáreas de majestuoso bosque.

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Actualmente son pocos los momentos que dispongo para fotografiar a mis anchas pero el reencuentro con el trípode, la cámara, los filtros y la paz que ofrece la naturaleza le viene a uno como vacuna frente al estrés y la velocidad diaria, además de traer magníficos recuerdos. Un fin de semana en inmejorable compañía dentro de un paisaje que abre los pulmones y los sentidos, ¿qué más se puede pedir?. Solo cabe intentarlo de nuevo porque esta Selva de Irati, ciertamente, es un verdadero lugar para volver.

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“El Paisaje Perfecto” es un proyecto que cada vez cuenta con más calidad en sus artículos. Un breve vistazo a este blog sirve para demostrar lo meticuloso que es su autor en todo su contenido, desde la maquetación hasta el más mínimo contenido.

Dentro de los mejores paisajes de este año he tenido la fortuna de poder incluir, entre tanta obra fotográfica, mi imagen “Ultramar” que fue tomada durante el viaje a Islandia.

Verla de nuevo no hace más que transportarme a aquel instante, un mirador hacia el salitre marino, el viento peinando las aguas y nosotros agazapados con las cámaras captando el caprichoso y divertido juego de las olas. Un momento álgido donde se mezclaron la alegría, el deleite de la escena y la fuerza de la naturaleza con todo su esplendor.

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Y es que, si lo piensas bien, hay instantes que quedan cincelados en nuestra existencia, momentos que van más allá de la copia fotográfica colgada en las paredes o el álbum de turno, segundos que quedan grabados en la memoria a la espera de ser revividos de nuevo, sintiendo viejos momentos, a veces no tan lejanos en el tiempo…

¡Qué fortuna poder acumular de estas cosas en el corazón!…

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Otro año más (y ya van cinco), las rutas de montaña de la semana pirenaica volvieron a merecer la pena.

En esta ocasión todas transcurrieron por el valle de Benasque, con fuertes desniveles, largas subidas y descensos, alta montaña y paisajes deslumbrantes.

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Fotográficamente hablando, únicamente realicé imágenes sencillas y para el recuerdo. El año pasado abandoné, al tercer día, la cámara réflex para saborear la ligereza de no llevar más que una compacta. Las sensaciones fueron tan buenas que este año la dejé definitivamente en casa. De esta forma he recurrido a la compacta para terminar llevándome imágenes rápidas. Es lo que hay: o montaña en grupo, o fotografía… todo no se puede.

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Ganas tengo de subir a la montaña y pernoctar con el equipo fotográfico, como hice el año pasado (aunque sea muy cerca de casa).

Ya se verá.

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De todos los lugares visitados en nuestro viaje a Islandia, creo que Jökulsárlón se lleva la palma en cuanto a impacto visual-sensitivo, al menos para mí. La culpa lo tiene internet, sin duda, porque son tantas las veces que hemos visto las majestuosas cascadas de este país que cuando llegas a ellas ya sabes más o menos lo que te puedes encontrar, sin que por ello dejen de ser realmente impactantes para nuestros sentidos, ¡menudas son!…

A pesar de haber visto algo de este glaciar, llegar a él me impactó muy especialmente, quizás por lo repentino y rápido de su aparición en la carretera, o quizás por la forma de “presentarnos” mutuamente, todavía no lo sé. Al llegar, el agua nos acompañó sin cesar ni un minuto pero la ausencia de gente, la calma, la falta de ruido y ese silencio que lo envolvía todo me hacía hablar incluso en tono bajo, como no queriendo despertar a un imaginario gigante habitante de aquellos hielos. Un glaciar maravilloso que llega al mar, hielos rotos, inquietos, moviéndose de aquí para allá, pequeñas aves sobrevolando o nadando entre el inmenso lugar, y el silencio guardándolo todo, ligeramente alterado por los susurros y el chisporreo de la lluvia que caía plomiza y sin cesar. Apenas una cafetería al otro lado y un pequeño aparcamiento sin asfaltar. Un espectáculo natural casi inalterado difícil de olvidar.

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Fotografiamos de dos en dos; mientras uno sujetaba el paragüas el otro disparaba a pulso. Malos encuadres, la lluvia imperturbable, sin un solo minuto de tregua, nubes sin volumen… He de confesar que estaba más a sentir todo aquel espectáculo que a llevarme una imagen memorable difícil de lograr con aquellas combinaciones. Disfrutamos como niños porque son momentos en los que la adrenalina baila por las venas, el corazón se agita y el tiempo acaba, irremediablemente, deteniéndose, contagiado por el congelado paisaje…

Definitivamente, no te quieres ir de allí.

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Una sopa pide quedarte ya caliente y bajo techo el resto del día pero tenemos que continuar. Visitamos la playa desde el coche con la esperanza de volver a pasar por este mismo lugar al día siguiente y tener mejor suerte, ya en el retorno de nuestro alojamiento más alejado del viaje.

Y llegamos por la mañana de regreso a la negra playa donde desembocan tantos y tantos cristales de hielo. El paisaje es lunar y muy diferente al nuestro, un paisaje nunca visto: arenas volcánicas, rastros blancos de las olas, diamantes naturales fragmentados por toda la playa, paz y silencio…De nuevo esa inquietud y esa alegría te recorre el cuerpo para dibujarnos una sonrisa en la cara, fiel reflejo de lo que se siente en estos lugares que no quisieras abandonar. La adrenalina te mueve de aquí para allá, todo lo quieres captar… Algo tienen de especial estas localizaciones cuando tantos fotógrafos y visitantes se detienen aquí desenfundando sus cámaras e inmortalizando estas negras arenas bañadas por el frío mar. Solo el tiempo nos pudo apremiar para abandonar tan bellísimo lugar regalándonos un maravilloso recuerdo que habitará por siempre en nosotros. ¡Belleza de lugar!.

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Ya en casa el arrepentimiento por no haber encontrado mejores encuadres nos embarga ligeramente, pesarosos por las malas luces o por no ejecutar técnicamente mejor aquellos momentos… Pero ya da igual. Con la excusa de la fotografía buscamos, en el fondo, inquietudes, sensaciones, vivencias, recuerdos… todo aquello que nos haga sentir más vivos y felices. En este rinconcito de la bellísima Islandia creo que supimos encontrar un trocito de todo esto. Jökulsárlón fue un lugar lleno de magia y enigmático, un lugar difícil de olvidar…

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La idílica Islandia

Recién llegados de un viaje fotográfico por Islandia, comienzo, en esta primera entrada sobre el mismo, haciendo mención a las condiciones metereológicas que nos acontecieron durante algunos días. Y es que, en ocasiones, Islandia no es tan idílica como parece.

Si durante el primer día dejamos de ver muchos lugares por la cantidad de nieve acumulada en la península de Reykjanes, el segundo día costaba avanzar con el coche luchando frente al temporal de viento y agua que lo envolvía todo, paisaje incluido.

Carretera por la península de Reykjanes

Carretera por la península de Reykjanes

Bien es cierto que luego tuvimos suerte con el resto de la semana pero hay que mencionar aquí los rápidos cambios que el tiempo islandés sufre a lo largo de las horas o en el transcurso de un día para otro.

En nuestra primera salida nocturna el cielo estaba despejado y la distancia del apartamento a la ubicación escogida apenas era de 5 minutos en coche. Sacamos los trípodes y en cuestión de unos minutos comenzó a cubrirse y comenzar a nevar tan copiosamente que temimos por la sesión mientras nos metíamos de nuevo en el automóvil. Finalmente, al cuarto de hora, los copos de trapo dejaron de caer y pudimos apreciar, aunque muy ligeramente, nuestras primeras y débiles auroras boreales.

El segundo día se fue encapotando progresivamente hasta terminar en diluvio. Nos las prometíamos felices al amanecer, pero ya en los acantilados el viento golpeaba frente a las lentes de los objetivos dificultando el fotografiar a placer. Las condiciones se convirtieron en una lucha permanente frente a la naturaleza: el agua salpicaba constantemente, el viento hacía trepidar nuestros trípodes, limpiábamos lentes y filtros, encuadrábamos de nuevo, agachábamos la cabeza para aguantar, disparábamos si podíamos y vuelta a comenzar… De repente parece que teníamos cinco minutos de tregua y aprovechábamos, sin ver ni tan siquiera los resultados. Otras parecía que la lluvia nunca iba a cesar y apretábamos con fuerza los dientes maldiciendo (pero siempre alegres). Pocas imágenes, coche y a continuar… el agua comenzaba a arreciar con mayor fuerza.

©Gema Herrán Viento por Reykjanes

©Gema Herrán
Viento por Reykjanes

Durante esta segunda jornada no sé ni cómo pudimos salir del coche en la preciosa cascada de Seljalandsfoss. El temporal desde el coche daba miedo y desde el aparcamiento nos movía a todos como si estuviéramos dentro de un barco. Tras el remojón de llegar a la cascada nos dimos cuenta que tras ella el viento golpeaba menos y pudimos estar algo más tranquilos (aunque siempre lloviendo y salpicando agua). Salir de aquel refugio natural era toda una aventura y suponía calarse hasta los huesos de nuevo. Como testigo quedan varias anécdotas de esas horas, unas más divertidas que otras, pero siempre para recordar:

1)      Al volver al coche a por la cámara me calcé un poncho dentro del coche. Al salir quedó hecho añicos de las fortísimas ráfagas y mi amiga todavía seguirá con agujetas de las risas que le produjo mi ridículísima imagen. (Aquí me véis con parte del poncho que llegó a la cascada, todo rajado. Delante de mí están mis tres compañeras muertas de la risa, casi a lágrima tendida… ¡Doy verdadera lástima (y risa)!.

© Laura Cué Mi patética imagen con el poncho destrozado

© Laura Cué
Mi patética imagen con el poncho destrozado

2)      La funda de plástico que tenía envolviendo la cámara creo que ya debe andar volando por la zona norte de Islandia… No sé cómo se pudo escapar si estaba bien amarrada.

3)      Tras la sesión, otra inmensa ráfaga forzó la puerta del coche por la parte del conductor, y quedó medio abierta sin encajar. Al final conseguimos cerrarla y salir hacia un garaje. Fue imposible de reparar asi que quién conducía tuvo que salir el resto de los días por la puerta del copiloto para no arruinar el resto de nuestros planes. (Aquí veís el momento de la reparación, cuando todavía nos creíamos que iba a solucionarse la avería).

© Laura Cué Reparación frustada de la puerta

© Laura Cué
Reparación frustada de la puerta

4)      Para colmo ya en el hotel por la tarde me doy cuenta que me falta mi plumífero y mi cartera con dinero y documentación. El único sitio posible de pérdida era esta misma localización, 40 kms más atrás. Desesperados, cogimos de nuevo el coche y dimos la vuelta por si se hubiese enganchado en alguna rama cercana al aparcamiento (total, mucha gente no andaría de paseo ese día porque era imposible siquiera caminar). Solo el azar y la suerte me pudo regalar de nuevo mi prenda y mi cartera, alejados unos cientos de metros del aparcamiento y completamente empapados. (Aquí me véis en el momento de la fortuna, cuando recuperé el plumífero.; un momento de alegría entre tan ruinoso día. Os juro que mi cabeza no es tan grande, de verdad…)

© Laura Cué Momento explosivo de alegría al encontrar mi plumifero

© Laura Cué
Momento explosivo de alegría al encontrar mi plumifero

Tras un día de tregua y buen tiempo que aprovechamos volvía la lluvia. Salimos ya lloviendo del hotel-cabaña y casi sin darnos cuenta estábamos en el hielo de Jöjulsárlón.

© Mercedes Gómez Secando la ropa en la habitación

© Mercedes Gómez
Secando la ropa en la habitación

La sesión tuvo que ser de dos en dos: uno disparaba mientras el otro aguantaba el paraguas, ¡no existía otra forma!. Disfrutábamos del entorno pero no eran condiciones ideales, lloviendo incansablemente, sin cesar un solo minuto.

© Gema Herrán Ponchos y lluvia sin parar en Jökulsárlón

© Gema Herrán
Ponchos y lluvia sin parar en Jökulsárlón

El resto de días tuvimos suerte, bastante suerte (incluso tuvimos calor en algún momento).

Viendo las condiciones que narraba otro fotógrafo en su blog una semana antes por estos lugares, hay que reconocer que la tuvimos con nuestros días… Dicen las guías de Islandia que el tiempo cambia cada cinco minutos y casi es cierto. Las predicciones metereológicas que ofrecen suelen acertar por más que, bajo las tormentas y la invisibilidad, parezca imposible que vaya a cambiar.

Como veis, la fotografía no es tan fácil y muchas veces lo idílico de los lugares es cuestión de tiempo, de suerte o de insistencia. En este tipo de viajes hay que fotografiar los momentos y las luces que se presentan al llegar, sin posibilidad de volver al lugar por la inquietud por descubrir nuevas localizaciones.

Trepidar la cámara es fácil, en la mano o con el trípode

Trepidar la cámara es fácil, en la mano o con el trípode

De todas formas un viaje combinado con fotógrafos es una experiencia única. Si te gusta viajar y la fotografía, el mezclar estas dos aficiones resulta una aventura apasionante, máxime si tus compañeros son de gran confianza y mismas ambiciones, como fue en mi caso.

Ahora hay que volver a empaparse pero de otra forma. Ya en casa, toca saborear cada momento, volviendo a los lugares a través de las imágenes y los recuerdos, recordando las risas, los saltos, los abrazos, el frío y la lluvia, el sol y, como no…. la amistad. ¡¡Un recuerdo imborrable ya para siempre!!. La distancia en el tiempo también ayuda a saborear ciertas cosas y terminaremos, por supuesto, en calificar a este país como idílico para los fotógrafos, a pesar de su desbordante y, en ocasiones, frustante meteorología.

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Senegal Merci

El viaje a Senegal ha resultado más positivo de lo que esperaba, en todos los sentidos. En esta ocasión todo estaba organizado por lo que me limité a leer únicamente un artículo de reciente publicación en una revista de viajes. Nada de libros o guías, nada de internet, nada de información más allá que la proporcionada por el programa del viaje. Lo que pretendía con ello era dejarme llevar por el país y sus gentes, sin llevar ninguna idea preconcebida ni crearme visitas obligadas que luego no iba a poder cumplir. Una semana da para poco (o para mucho si se sabe exprimir cada instante).

Los senegaleses tienen cierta afinidad con los españoles, por lo que podemos decir que casi “jugamos en casa” en cuanto a facilitar nuestro mutuo contacto.

El país me sorprendió. Me gustaron sus paisajes, su potencial riqueza, sus gentes…

Destaco las sonrisas, la rápida amistad, la amabilidad. Destaco su naturaleza, sus árboles, su fauna, sus ríos, sus coloridas barcas, sus mares…

Destaco sus artesanías, sus mercados, sus telas. También su pescado, su sabrosa fruta, sus cervezas nacionales.

Destaco su cultura, sus creencias y sus tradiciones, sus músicas y sus ritmos ancestrales.

Y, de nuevo, destaco su pueblo, la belleza de sus rasgos y sus miradas, sus gestos y sus ojos, sus colores tan dispares.

Durante cientos de kilómetros las escenas se agolpan en las retinas y la música me retumba el corazón mientras apoyo la cabeza en el cristal del autobús. Con deleite lo observo todo; y cierro los ojos para ir disfrutando de estos lentos caminos, las personas y el discurrir de los paisajes. Desciendo. Un nuevo amigo me espera preguntando inmediatamente mi nombre. Yo le pregunto el suyo y le solicito mentalmente permiso para colarme en sus ojos. El tiempo se para, tocan los detalles. Juntos, pacientes y sin prisas pelamos cebollas, tallamos la madera, bailamos juntos y jugamos al futbol entre pedregales.

¡Tantas cosas en pocos días! ¡Tantas vidas en tantos lugares!…

Gracias, Senegal, por enseñarme.

Graicas, Senegal, por posar para mí.

Gracias, Senegal, por mostrarme tus gentes.

Gracias, Senegal… ¡Senegal Merci!.

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Mi primera exposición

Con gran ilusión y después de un año sin “colgarse”, vuelvo a colocar la exposición “Sáhara: una vida en el exilio”, en esta ocasión en la Vidriera (Maliaño). Las fotografías son ya como mis hijas y me ha dado mucha alegría volver a desembalarlas y saborearlas de nuevo, relucientes como el primer día.

Me pasaré estos días por la sala para ver y comentar impresiones con la gente que visite la exposición. Me gusta escuchar las opiniones de la gente, si les gusta o no las imágenes, qué cosas les transmiten, hablar de lo puramente fotográfico o charlar sobre la temática del conjunto.

Creo que todo proyecto tiene un principio y un final. Tras dos años de actividad, nueve lugares expositivos y numerosísimas ilusiones, experiencias y alegrías, este se está acercando poco a poco a su fin.

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